Author: Laura Margarita Medina Murillo
•9:15 p. m.

Por BELKYS P. ESTEBAN (Vanguardia Liberal, Julio 21 de 2006)

“En un lugar no muy lejano cuyo nombre se ha conocido como Ciudad del Olvido o Ciudad Norte… ”

Así se expresan algunos de los alumnos de Laura, jóvenes interesados por las letras, quienes con su apoyo quieren darle una vuelta a la mala percepción que se tiene de este sector de la ciudad donde les ha tocado vivir. Al igual que muchos jóvenes del resto de la ciudad, son estudiantes de colegio, en barrios como Kennedy, Transición o El Minuto de Dios, donde Laura ha dictado talleres de literatura.

Aprendiendo de la vida:

Laura del Mar tuvo que vivir en Ciudad Norte. Con el tiempo, luego de que sus hijos crecieron y reconoció su amor por las letras, se encariñó con la comunidad. Sus primeros cuentos le hicieron ver que tenía la suficiente habilidad y fuerza como para volver a estudiar, pero no en una Academia o en un instituto de Educación Superior: En la universidad de la vida.

"Empecé a asistir a talleres de literatura, a visitar la casa de poetas santandereanos, que dirige Patricio la Rotta Gonzalez. Allí junto a ellos empecé a engolosinarme más con lo de la literatura”.

Y aunque a algunos académicos, según cuenta Laura, les parezca un despropósito los reconocimientos obtenidos, sin duda su cotidianidad transcurre en vivir en una zona que en la mente de muchos está marcada por la violencia, su principal obstáculo. “Cuando ingresaba a un grupo de literatos y leían mi trabajo, su primera impresión era: ‘hay, qué bien escribe usted. Tan lindo que escribe’. Pero cuando las personas sabían que yo vivía en el norte dejaba de tener tantos méritos a causa del estigma que nos pusieron, y permitimos que nos pusieran”. Es esa marca de la cual sus estudiantes se quejan, porque deben cambiar la dirección de sus casas en las hojas de vida o jamás dejar el número de teléfono fijo, porque podrían identificar de dónde proviene y así echar al traste sus posibilidades de conseguir trabajo. Y aunque ese estigma, en palabras de Laura ha sido en ocasiones un obstáculo, vivir en el Norte hoy es motivo de orgullo, porque es gracias a su labor con los jóvenes de esa zona, lo que le ha merecido el reconocimiento de ser escogida como la directora en Santander de la Red Nacional de Talleristas.

Antes de alcanzar este mérito Laura tuvo que atravesar un camino de rechazos, largas horas de ir de un instituto a otro bajo el rayo del sol, y noches enteras leyendo, estudiando, investigando entre los libros que recogía de la Biblioteca Pública Gabriel Turbay, bajo el asesoramiento d su Director Néstor Saúl Solano. De esta manera Laura leía hasta altas horas de l noche para luego madrugar a concentrarse en la atención a sus hijos y luego realizar los oficios del hogar.

Por amor al arte:

Es la vida en el Norte la inspiración de Laura del Mar, su nombre artístico. Laura escogió este seudónimo porque “vivo por la vía al mar, mis ojos son verdes como el mar azul y tengo un corazón tan profundo como el mar”.

La primera novela que escribió Laura Margarita Medina Murillo fue “Muerto Parado”. “La novela es de un personaje que vivió en Piedecuesta. Le decían así porque vivió 12 años en el Cementerio, este humilde hombre me inspirò un personaje para escribir la novela”. Su obra, ampliamente acogida por el público lector santandereano, fue publicada por la editorial SIC, bajo la dirección de Daniel Navas.

“El Intituto Municipal de Cultura y Turismo, el Área Cultural del Banco de La República y (Sic) Editorial, me han ayudado mucho con el presupuesto y los materiales para los talleres que he dictado en el Norte. Gracias a ellos se ha logrado realizar durante los dos años anteriores, el I y el II Concurso de Cuento y Poesía: Ciudad Norte mundo de letras, una idea que venía gestando desde que me interesé por la literatura no sólo como una pasión individual, sino como un arte que le da un nuevo sentido a la vida de una comunidad.

“La idea se reforzó cuando escuché por radio que unos muchachos del Norte pasaron a esa emisora diciendo que se sentían rechazados por vivir en el sector, y debían cambiar sus direcciones para conseguir trabajo”.

Laura empezó a indagar con los jóvenes del barrio donde vivía, con el fin de concretar sus inquietudes en un espacio donde pudieran expresar sus sentimientos con respecto a su situación por vivir al norte de la ciudad. “Le pasé a Daniel Navas la propuesta y pensé que no la aceptarían, pero lo hicieron. Luego fui al Instituto Municipal de cultura y también recibí apoyo. SIC me aportó el libro recopilatorio de los textos de los participantes y los afiches”.

Laura puso la fe en su comunidad y no fue defraudada. Doscientos cincuenta trabajos fueron recibidos, cada uno de ellos considerado por el jurado como de alta calidad. “Se hizo la premiación en la casa de Justicia, el 29 de octubre del 2005.

El ganador fue un señor que se llama José Ramón Meneses, de 46 años, con el cuento: "La niña y la luna". El ganador en la sección de poesía fue un muchacho que tiene 18 años, que estudia filosofía en la UIS”, relata Laura. De la alta calidad y la cantidad de textos recibidos, vio Laura el material para trabajar con los jóvenes del Norte.

Para acordarse del Norte Laura no tiene reparos en decir que es autodidacta, y explica las razones por las cuales ha tomado esa determinación. “Como me cobraban mucho por bajar al norte a dictar las clases de creación literarria, me puse a estudiar y a asistir a talleres y me autoformé como tallerista”.
Fue tanta su determinación por formarse, que postergó su estadía en Bogotá, donde visitó la Feria Internacional del Libro, para asistir a un taller con Antonio Ungar, donde obtuvo su vinculaciòn a RENATA.

“Cuando hago los talleres con los muchachos promuevo un cambio de vida, por eso, aunque en principio mi interés fue ir a la feria del libro, decidí quedarme para participar en los talleres”.

Un taller de literatura propio:

Título en mano, Laura regresó a Bucaramanga dispuesta a comenzar un proyecto que hoy es una realidad, y para el cual ya fue abierta la convocatoria para quienes quieran aprender sobre literatura. “El Ministerio de Cultura nos aporta la visita de los Escritores Asociados y lo demás. El Instituto nos apoya con los salones”. Andrés Burgos, PilarLozano, Yolanda Reyes, son algunos de los invitados a formar parte de los escritores que dictarán los talleres.

Junto con Margarita Galindo de Barranquilla, son las únicas mujeres que hacen parte de la Red Nacional de Escritores. “Lo más importante es que es un aporte a Ciudad Norte, donde solamente se acuerdan cuando pasan cosas malas. En Ciudad Norte trabajamos por la cultura, hay mucha gente que quiere cambiar esa imagen mala, Ciudad Norte no es así de tenebrosa”.

También bibliotecaria:

Hace casi un mes Laura se graduó como bibliotecaria. Empezó aprendiendo sobre libros por iniciativa propia y hoy tiene la autoridad para enseñar sobre ellos. “Mi misión es abrir camino, sembrar semillas de paz, de ganas de hacer algo por uno mismo”.

Soy el ejemplo a seguir para los niños, jóvenes y adultos, deseo demostrar que, a traves de los libros se puede aprender mucho. Estudiar es lo mejor que le puede pasar a uno en la vida, pero cuando por cualquiera que sea el motivo, no se cuenta con esta oportunidad, hay Bibliotecas Públicas, en sus stands miles de Maestros esperan la oportunidad de compartir y enseñar... Es una lástima que en ésta época hay tantas personas que la atacan con críticas y señalamientos, en lugar de unirse a ellas y luchar por promover la lectura y la llegada de nuevos usuarios...
Author: Laura Margarita Medina Murillo
•9:29 p. m.

El cuento que ustedes leerán a continuación, escrito por José Ramón Meneses Aparicio, fue escogido por los escritores CLAUDIO ANAYA Y JAVIER FÉLIX, como ganador del Primer concurso de cuento y poesía, "El Norte, Mundo de Letras".


LA NIÑA Y LA LUNA.

En un lugar no muy lejano cuyo nombre se ha conocido como la Ciudad del olvido o Ciudad norte, en uno de los barrios cuyas casas estaban hechas con pedazos de tablas, cartones y latas, ubicadas en lo más empinado y faldudo de aquel escarpado terreno, estaba ubicado el rancho donde vivía Lucerito: una niña que apenas despuntaba los doce añitos.
Ella había escuchado de labios de su padre fascinantes historias sobre el Sol, la Luna, las estrellas y demás cuerpos celestes.
El trabajo de su padre consistía en salir de nochecon zorra de rodillos o carrito de balineras a recolectar plásticos, latas vacías de cerveza y gaseosa, y toda clase de basura que puediesen encontrar en las céntricas calles citadinas. En cada una de estas faenas, Lucerito era casi siempre su más fiel y confiable compañera.
Una noche como ninguna, ascendían padre e hija por la empinada carretera enteramente bañados por los luminosos rayos de la Luna. Lucerito observaba extasiada, cómo la radiante Luna surgía majestuosa por entre las imponentes montañas de oriente. Absorta en el mundo de sus pensamientos creaba y recreaba cada una de las historias contadas por su padre. Ya a punto de llegar a su destino, la niña rompe su silencio para preguntar a su progenitor: ¿Por qué si los demás trabajan de día, nosotros debemos trabajar de noche? Su padre levantando la mano, señala a la Luna y con un tono jadeante, voz entrecortada por la fatiga, así responde a su infante asistente de trabajo: Por que cuando ella sale, nos va bieny al día siguiente hay carne en el plato y sus hermanitos podrán asistir a la escuela con el estómago bien lleno.
Y así entre observaciones estelares y diálogos muy cortos, avanzaron sigilosos hacia la gran urbe iluminada. Una vez allí en las céntricas calles de una "Ciudad Bonita", recorrieron las calles acera por acera recogiendo cartones, plásticos, papeles y otros desechos arrojados a las vías desde los locales que habían cerrado tan sólo unas horas antes.
La zorra de rodillos o carrito de balineras ya estaba repleta de valiosa mercancía, tanto que sobrepasaba la mediana estatura de su padre. Lucerito le pidió que la llevara sentada encima de aquel atesorado botín que mucha alegría le había prodigado, quería estar en lo más alto de los cartones y del pequeño vehículo de madera. Mientras tantodesde una catedral cercana se oían dos campanazos que anunciaban los primeros respiros de un día que acababa de nacer. El desplazamiento de regreso a casa era cómodo y tranquilo, pasaba el tiempo y también pasaban las cuadras que iban quedando atrás, se encontraban bajando por aquella carrtera, desde donde se veían las lejanas y titilantes luces de un barrio de invasión.
Unas cuadras atrás un Simca Mil, sigzagueaba como a mil. Sus únicas luces eran los destellos producidos por los rayos de la Luna al reflejarse en los vidrios panorámicos.
Más abajo en la carretera, Lucerito acostada sobre el producto de una noche de trabajo, soñaba con conocer y saludar a la luna para ponerse a su servicio y formularle una propuesta a la cual no podía negarse jamás.
El Simca MIl se acercaba cada vez a mayor velocidad, de su interior se despedían fuertes olores de ácido etílico con suaves aromas anisados.
Lucerito sin dejar de mirar la Luna, continuaba más y más su fantasiosa imaginación, Lucerito soñaba. En una curva llamada "Tiburones" el raudo automotor se sale de control y se enfila hacia un pequeño vehículo de madera cargado con materiales reciclables.
Lucerito imaginaba... soñaba: "Qué lindo sería si todas las montañas estuviesen hechas de turrón y caramelo, que los ríos fuesen grandes corrientes de miel y chocolates derretido, que no hubiesen escuelas para hacer del mundo un gran salón de juegos". De pronto sintió que sus pequeños pies rozaban suavemente las copas de los árboles. Qué bello era todo desde arriba. Lucerito volaba, se dió cuenta que volaba.
Decidió detenerse. Algo extraño ocurría con su cuerpo, descubrió que de su ser se desprendían refulgentes rayos de color tornasolado, una inmensa dicha desbordaba su infantil y pequeño corazón. Algo que jamás había sentido, algo de lo que nadie, jamás, le había hablado.
Lucerito voló ágil y feliz entre los árboles y calles encrucijadas, por techumbres y casas entabladas, hasta llegar a su rancho el más humilde de la barriada.
Allí estaban, era muy tierno verles plácidamente dormidos, se trataba de sus seres más requeridos: eran mamá y sus hermanitos. Quiso gritarles cuánto los amaba, pero no lo hizo. En silencio y con cuidado salió de la pequeña casita. La Luna la envolvió en sus rayos. Lucerito recordó la propuesta que le tenía a ella. Levantó su vuelo, sobrepasó las casas, también los árboles, dejó abajo las montañas, superó las nubes y llegó a la Luna.
Cuentan los vecinos y aquellos quienes la conocieron, que desde aquel día el padre de Lucerito jamás se ha vuelto a quedar sin trabajo, que sus hermanitos son los mejores vestidos y bien alimentados de la escuela y para siempre allá junto a la Luna se transformó en Lucero.

Por eso cuando la Luna sale cada noche la acompaña siempre un gran Lucero. Es decir, Lucerito.
FIN
Author: Laura Margarita Medina Murillo
•9:29 p. m.